Hablemos de Wifredo Lam
Nació en 1902 en Sagua la Grande, Cuba, en una familia donde confluían mundos muy distintos: su padre era un inmigrante chino y su madre tenía ascendencia africana y española.
Desde pequeño, el entorno natural de su pueblo lo marca. Una noche, con apenas cinco años, quedó fascinado por la sombra de un murciélago proyectada en la pared de su cuarto. Fue su primer “choque” con lo que él mismo describiría más tarde como “otra dimensión de la existencia”.
Durante su adolescencia se mudó a La Habana, donde estudió en la Academia de San Alejandro. En 1923, con solo 21 años, ganó una beca para estudiar en Europa y se fue a España, donde terminó viviendo 14 años. Allí entró en contacto con los grandes maestros del Prado como Velázquez, Goya, y también con artistas como Bosch y Bruegel el Viejo, cuyas obras lo impactaron por su contenido simbólico y espiritual.
Pero no todo fue arte: también vivió el dolor. En 1931 perdió a su esposa y a su hijo por tuberculosis, una herida que se reflejaría en muchas de sus obras. Años después, se unió a las fuerzas republicanas para luchar contra Franco durante la Guerra Civil Española, y esa experiencia marcó su visión política y artística para siempre.
En 1938, Lam se trasladó a París, donde conoció a Pablo Picasso, quien se convirtió en su amigo y lo integró en el círculo surrealista. Allí conoció a figuras como André Breton, Miró, Matisse, Tzara, Eluard y muchos otros. Su primera exposición individual fue en la Galería Pierre en 1939.
Con la llegada de los nazis a Francia, huyó a Marsella, y poco después embarcó rumbo al Caribe junto a otros artistas como Breton y Claude Lévi-Strauss. En una escala en Martinica conoció al poeta Aimé Césaire, con quien forjaría una gran amistad.
Finalmente regresa a Cuba en 1941, después de casi 20 años fuera. Este regreso fue clave: se reconecta con sus raíces afrocubanas, empieza a asistir a rituales y ceremonias, y eso transforma por completo su obra. En 1942 pinta su obra más icónica: La Jungla, una mezcla poderosa de figuras humanas, máscaras, caña de azúcar y simbolismo espiritual. La pieza fue exhibida en el MoMA de Nueva York y generó un gran escándalo, pero también lo catapultó a la fama.
Lam no se detuvo. Viajó por Haití, Colombia, Venezuela, Brasil, y más adelante vivió entre La Habana, Nueva York, París y Albissola (Italia). Se involucró con movimientos artísticos como CoBrA, Fases, y los situacionistas. Trabajó con poetas como René Char, Gherasim Luca y Aimé Césaire, y también se volcó de lleno al grabado y la cerámica.
Su estilo evolucionó constantemente. En los años 60, su obra empezó a reflejar más elementos esotéricos, influencias del arte de Oceanía, y una mezcla cada vez más personal entre lo espiritual, lo ancestral y lo contemporáneo.
Murió en 1982, pero su obra sigue tan viva como siempre. Lam no solo pintó: conectó mundos. No buscó encajar en ninguna corriente; creó su propio camino, mezclando el Caribe, África, Asia, Europa, la política, la espiritualidad y el arte en una sola voz visual.

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